Si alguna vez ha realizado un deporte de competición, y ha competido, sabrá que la presión puede llegar a ser brutal. Si alguna vez ha practicado deporte como aficionado, sabrá que la motivación es muy variable (“Hoy hace algo de frío, ya iré a correr mañana”), y la frustración al no alcanzar los resultados esperados, muy molesta (“Me canso mucho. No he adelgazado nada. No he pasado de la primera eliminatoria. Esto no es para mí. Mejor lo dejo”).

Ángela de Rioja, campeona de España de esgrima, me decía cuando entrenábamos: “Tengo una barrera psicológica cuando tiro contra…” (y mencionaba a una tiradora de otro club). Otra chica que acudió a terapia en nuestra clínica se quejaba de que en los entrenamientos batía marcas, pero en competición se colapsaba, y era eliminada o abandonaba, llevándole a problemas de estado de ánimo.

Parece obvio que la condición física no lo es absolutamente todo para obtener un buen rendimiento, ya que pueden adaptarse los ejercicios para cualquier nivel o situación (edad, discapacidades). Entra en escena el factor psicológico. ¿Se cansa menos un corredor de maratón, o es que es capaz de mantener un estado mental que le “aísla” del dolor de sus piernas y las órdenes de su cuerpo de parar y descansar?  Ambas cosas. Pero para obtener la primera, resistencia biológica, debe entrenar. Y para entrenar, debe persistir y ser constante en sus entrenamientos (resistencia psicológica).

Ansiedad, perder la concentración, problemas de comunicación con el equipo, controlar la ira, o ser indulgente con uno mismo en la derrota, es algo que hasta hace no mucho pasaba desapercibido. Actualmente la psicología deportiva muestra excelentes resultados respecto a:

-Mejora del rendimiento; mediante estrategias mentales como la visualización, autoinstrucciones, o técnicas de relajación, para desplegar el máximo potencial.

-Afrontar la presión; que en ocasiones viene de entrenadores, padres, o el propio deportista.

-Recuperarse de lesiones; ya sea para tolerar la frustración de haberse lesionado, las expectativas negativas sobre la recuperación, tolerar el dolor, mantener una correcta adherencia al tratamiento, o el sentirse apartado de la competición y el equipo.

-Mantener el programa de entrenamiento; es muy fácil ceder ante la tentación de comer mal o justificarse con ideas como “por un día que no entrene no pasa nada. Ya entrenaré el doble mañana”.

-Disfrutar el deporte; tanto si es una profesión como si no, quizá de las peores cosas que le pueden pasar a uno es que deje de pasárselo bien haciendo lo que hace, y acabe viendo el ejercicio como una carga molesta. En el deporte amateur es importante individualizar, y que cada uno encuentre el deporte, el ritmo, la intensidad, la frecuencia, la duración, que le haga más feliz.

Recuerdo la primera vez que me subí al volante de un coche: tres pedales con sensibilidades distintas, tres espejos, puntos ciegos, cambio de marchas… Lo que parecía muy difícil se automatizó de tal manera que hoy resulta instintivo y cómodo. No es el coche lo que me hace sentir seguro (puedo conducir cualquier coche), sino la confianza en mi habilidad. Recuerdo la primera vez que cogí un sable de esgrima: mantener la distancia, la guardia en tercera, ¿quién lleva la prioridad?, no bajes la punta o te tomarán el hierro, ¡me asfixio dentro de esta armadura!

Años de observación sistemática y metódica evidencian aquello que realmente funciona y lo que no. Por eso es importante que cualquier trabajo se haga bajo supervisión de alguien formado en métodos que hayan demostrado eficacia empírica, y a través de una estrecha colaboración mutua entre el entrenador, el psicólogo y el deportista.

Pablo Alonso García
Psicólogo Especialista Europeo en Psicoterapia